El voluntariado nos permite conocer realidades que muchas veces pasan desapercibidas. Nos acerca a personas con historias y dificultades diferentes a las nuestras y nos ayuda a comprender mejor el mundo en el que vivimos. También nos da la oportunidad de apoyar a quienes más lo necesitan y de aportar nuestro tiempo y esfuerzo para mejorar su situación. Algunas personas dicen que hacer voluntariado es una forma de sentirse bien con uno mismo. Si es así, bienvenido sea. Ayudar a los demás también nos ayuda a crecer como personas.
Mi nombre es Catherine Isaacs, tengo 52 años y llevo poco tiempo como voluntaria en el proyecto Teranga de la Asociación Norai. Llegué en abril, cuando todavía llovía con frecuencia. Hasta entonces, la lluvia era para mí solo una molestia de la que me protegía con un paraguas y un buen abrigo. Recuerdo mi primer día. Entré en el centro; había alumnado, voluntariado dando clases y otras personas preparando comida para repartir. Me pregunté qué podía aportar yo allí. La respuesta llegó pronto. Como los demás voluntarios, podía ofrecer algo sencillo pero muy importante: escucha, comprensión, apoyo y acogida.
Desde entonces, ya no veo la lluvia de la misma manera. Ahora pienso en quienes no tienen un lugar donde protegerse o en quienes afrontan cada día muchas dificultades. Aun así, los alumnos vuelven al centro cada mañana con ganas de aprender y seguir adelante. Quizá dar calor a quien tiene frío te convierta en fuego. Quizá por eso decidí hacer voluntariado y por eso animo a otras personas a colaborar. Estoy agradecida a Teranga por permitirme conocer esta realidad y por darme la oportunidad de ofrecer algo que todos necesitamos: respeto, cercanía y una acogida humana y amable.