El año 2026, declarado Año Internacional del Voluntariado para el Desarrollo Sostenible, no es únicamente una efeméride simbólica. Es una oportunidad estratégica para replantear el papel del voluntariado y de los ciudadanos implicados en nuestras sociedades.
El emprendizaje social como escuela de liderazgo Una oportunidad territorial en el Año Internacional del Voluntariado para el Desarrollo Sostenible
Más allá de su dimensión solidaria, el voluntariado y la participación ciudadana constituyen una infraestructura cívica que forma liderazgo, fortalecen comunidades y contribuyen de manera decisiva a la sostenibilidad democrática.
La evidencia científica internacional en torno al aprendizaje-servicio y la participación cívica es consistente. Diversos metaanálisis y estudios longitudinales muestran que las personas que participan en experiencias de voluntariado estructurado desarrollan mayores niveles de autoeficacia, capacidad de agencia y compromiso sostenido con su entorno. Estas experiencias favorecen la empatía, la comprensión de problemáticas sociales complejas y la capacidad de trabajar con personas diversas. No se trata únicamente de adquirir competencias técnicas; se trata de cultivar capacidades profundamente vinculadas al liderazgo democrático: responsabilidad compartida, pensamiento ético, colaboración y visión a largo plazo.
La participación social no solo beneficia a quien recibe la acción solidaria. También transforma a quien la ejerce. Y esa transformación individual, cuando se produce de forma extendida en un territorio, tiene consecuencias estructurales.
Los estudios muestran que la participación cívica en la adolescencia y juventud está asociada con mayores niveles de bienestar, mejor integración social y trayectorias educativas más sólidas en la vida adulta. Pero el impacto va más allá del plano individual. Cuando el voluntariado se consolida como práctica habitual en una comunidad, se expanden las redes de confianza, se reducen las brechas de desconexión social y se fortalece la cultura democrática. La innovación social emerge con mayor facilidad cuando existe una ciudadanía activa y articulada.
En este sentido, el liderazgo que se cultiva a través del voluntariado y la activación de proyectos altruistas no es un liderazgo jerárquico ni concentrado. Es un liderazgo distribuido: la capacidad de múltiples personas de asumir responsabilidades en sus comunidades, impulsar iniciativas y sostener compromisos colectivos. Este tipo de liderazgo es precisamente el que necesitan los territorios que afrontan transiciones complejas: demográficas, ecológicas, digitales y económicas.
Bizkaia es un territorio diverso y dinámico, con una fuerte tradición asociativa y una red densa de entidades sociales, culturales y comunitarias. Desde Enkarterri hasta Lea-Artibai, pasando por Bilbao, Durangaldea o Busturialdea, el voluntariado adopta formas distintas, pero cumple una función común: activar ciudadanía. Cada asociación, cada iniciativa juvenil, cada proyecto cultural o ambiental es, en realidad, un espacio de aprendizaje de liderazgo.
Sin embargo, la evidencia también es clara en un aspecto crucial: el impacto transformador del voluntariado no es automático. No basta con participar. Para que esta experiencia actúe verdaderamente como escuela de liderazgo es necesario que exista responsabilidad real, espacios de reflexión, diversidad de actores implicados y posibilidad de progresión desde la colaboración puntual hacia la iniciativa propia. Es en el diseño de los ecosistemas donde se decide la profundidad del impacto.
Cuando un territorio articula escuelas, universidades, entidades sociales, empresas y administraciones públicas en torno a itinerarios de participación, el voluntariado deja de ser una experiencia aislada y se convierte en un proceso formativo continuo. Se construye así una auténtica cultura de liderazgo cívico.
El Año Internacional del Voluntariado para el Desarrollo Sostenible nos invita precisamente a dar este salto cualitativo. No se trata solo de celebrar la labor de quienes ya participan, sino de reconocer el voluntariado como una palanca estratégica para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La sostenibilidad no es únicamente una cuestión ambiental o económica; es también una cuestión de cultura cívica y capacidad colectiva.
Invertir en activación ciudadana es invertir en resiliencia territorial. Es fortalecer el capital social, ampliar las oportunidades de liderazgo y generar cohesión en un contexto de cambio acelerado.
Por eso desde BizkaiaGara trabajamos porque esa activación sea real y sea efectiva. Por un liderazgo sostenible y por ser un espacio que refuerce el compromiso ciudadano de personas, organizaciones e instituciones en un contexto de profunda transformación social que nos invita a repensarlo todo. Es nuestra responsabilidad, y también es nuestro derecho.
Johana Etxezarraga Aldamiz - Coordinadora de BizkaiaGara