Del refugio al compromiso con la sociedad. Del campo de arena a San Mamés
No elegí nacer en un campamento de refugiados, pero sí he podido elegir qué hacer con la historia que comenzó allí.
Crecí en los campamentos saharauis de Tinduf, donde la escasez forma parte de la vida cotidiana. Allí aprendí que la dignidad no depende de los recursos, sino de la capacidad de las personas para ayudarse unas a otras. Esa fue mi primera escuela de voluntariado, aunque entonces todavía no conocía esa palabra.
Más tarde estudié periodismo porque entendí que los pueblos olvidados necesitan contar su propia historia. Quería dar voz a quienes, durante demasiado tiempo, solo habían aparecido en los titulares cuando ocurría una crisis.
En 2019 fundé Saguia Club, un proyecto deportivo y educativo para niños y niñas refugiadas. Empezamos con muy poco: un balón usado y mucha ilusión. Descubrimos que el fútbol era mucho más que un deporte; era una herramienta para educar, crear confianza y enseñar valores como el respeto, el trabajo en equipo y la convivencia.
La participación de la selección infantil saharaui en la Donosti Cup fue uno de los momentos más emocionantes de este camino. No solo viajaban unos niños para jugar al fútbol; viajaban con la ilusión de descubrir un mundo que hasta entonces parecía inalcanzable.
Mi llegada a Bizkaia abrió una nueva etapa en mi vida. Gracias a CEAR Euskadi encontré acompañamiento, pero también la oportunidad de implicarme activamente en la sociedad. Hoy formo parte del Comité de Personas Refugiadas (CPR), un espacio desde el que las propias personas refugiadas participamos, proponemos y contribuimos a mejorar las políticas y la convivencia desde nuestra experiencia.
También encontré otra familia en la Fundación Athletic Club. De todas las oportunidades que he recibido desde que llegué a Euskadi, una de las más especiales y transformadoras ha sido formar parte de esta gran familia. Allí descubrí que el voluntariado no consiste únicamente en ayudar, sino en construir comunidad y generar confianza.
En cada partido en San Mamés colaboro acompañando a personas con discapacidad, ofreciéndoles apoyo y orientación para que puedan disfrutar del fútbol en igualdad de condiciones. También doy la bienvenida y ayudo a los visitantes que llegan al estadio. Cada vez que me pongo el chaleco de voluntario siento que no solo estoy prestando un servicio, sino devolviendo a la sociedad una parte de todo lo que ella me ha dado.
Y, al mismo tiempo, tengo el privilegio de disfrutar de los partidos desde muy cerca. Para muchos puede parecer algo normal, pero para mí tiene un significado muy profundo. Hoy veo jugar en San Mamés a equipos que durante mi infancia solo conocía por la radio o por la televisión en los campamentos de refugiados. Nunca imaginé que algún día estaría allí, no solo como espectador, sino como voluntario al servicio de los demás.
A veces, mientras estoy en el estadio, mi memoria viaja muchos años atrás. Recuerdo el campo de arena que construimos con las niñas y niños de Saguia Club en los campamentos saharauis, las porterías hechas con neumáticos viejos y materiales reciclados, y la ilusión con la que aquellos niños y niñas jugaban sin importar la falta de recursos. Entonces comprendo la enorme distancia que separa aquellas imágenes de mi realidad actual.
Uno de los momentos que más me emocionó fue participar como voluntario en el partido solidario entre Palestina y la Selección de Euskal Herria celebrado en San Mamés. Mientras ayudaba a organizar aquel evento pensé que la vida puede cambiar de formas que nunca imaginamos. Un niño que creció en un campamento de refugiados, construyendo un campo de fútbol con arena y materiales reciclados, estaba ahora colaborando en uno de los estadios más emblemáticos de Europa.
Nada de esto habría sido posible sin las personas que forman parte de la Fundación Athletic Club. Ellas no solo me ofrecieron una oportunidad de hacer voluntariado; me ofrecieron confianza, respeto y la posibilidad de sentirme parte de una comunidad. Me hicieron comprender que la verdadera inclusión comienza cuando alguien deja de preguntarte de dónde vienes y empieza a confiar en lo que puedes aportar.
Cada jornada de voluntariado me ha enseñado que ayudar no consiste únicamente en dar; consiste también en aprender, escuchar y crear vínculos. Siempre digo que el voluntariado es una vitamina porque alimenta la esperanza, fortalece la confianza entre las personas y nos recuerda que todos tenemos algo que aportar.
Con demasiada frecuencia se habla de las personas refugiadas como si solo necesitáramos ayuda. Yo he descubierto que también podemos ofrecerla. La inclusión no termina cuando alguien encuentra un lugar donde vivir. Empieza cuando esa persona tiene la oportunidad de participar, asumir responsabilidades y contribuir al bienestar común.
Hoy sigo colaborando con diferentes iniciativas sociales porque creo profundamente en una sociedad donde nadie sea definido únicamente por su origen. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a un lugar y que ese lugar también cuenta con nosotros.
Mi historia comenzó en un campamento de refugiados. Pero no quiero que sea recordada por el lugar donde nací, sino por el compromiso que decidí asumir con las personas y con la sociedad que me abrió sus puertas.
Porque la solidaridad no cambia solamente la vida de quien la recibe. También transforma para siempre la de quien decide practicarla.