Conversamos con María Gutierrez, técnica de proyectos de BizkaiaGara, que va a participar en el curso de verano de la EHU “Ciudadanía en Acción: nuevas narrativas y Caminos para un Futuro Sostenible” el próximo 29 de junio.
“Activar a la ciudadanía significa generar las condiciones para que una persona descubra que puede tener un papel en la mejora de su comunidad”
Este curso tratará de generar un espacio de diálogo en el que todas las personas asistentes tengan oportunidad de reflexionar, aprender, compartir y diseñar de forma conjunta soluciones prácticas que impulsen una nueva narrativa y logren, en último término, la implicación ciudadana en la construcción de un presente y futuro sostenible en el marco de la Agenda 2030 y el Pacto para el Futuro.
Cuando habláis de “activación ciudadana”, ¿a qué os referís exactamente? ¿En qué se diferencia de informar, sensibilizar o captar voluntariado?
Para nosotras, activación ciudadana no es solo informar, sensibilizar o invitar a participar en una actividad puntual. Activar a la ciudadanía significa generar las condiciones para que una persona, si así lo desea, descubra que puede tener un papel en la mejora de su comunidad y puede llevarlo a cabo. Creemos que hay tres niveles importantes para que se dé la activación ciudadana: el personal, el grupal y el comunitario. Primero, despertar una inquietud en la persona que conecte ella con un reto social, cultural, medioambiental…con un interés personal, por el motivo que sea y con un “talento” que posea.
Segundo, ofrecer una oportunidad concreta, accesible y cercana para implicarse, desde un grupo que ya esté trabajando ese interés personal, que ya se esté moviendo y creando en colectividad. Y tercero, acompañar esa implicación para que pueda convertirse en una experiencia significativa para el entorno, para un “tercero” que tenga recorrido y sea un cambio personal y social, no en una acción aislada. Por eso hablamos de activación y no solo de participación. Porque no basta con abrir espacios; hay que ayudar a que las personas encuentren su lugar en ellos y puedan crear juntas para el bien común.
¿Por qué es importante pasar de una ciudadanía que conoce los ODS a una ciudadanía que se implica en acciones concretas de su entorno?
Porque conocer los ODS es importante, pero no suficiente. La Agenda 2030 solo se vuelve transformadora cuando deja de ser un marco abstracto y se convierte en experiencias concretas en la vida cotidiana de las personas. Muchas personas comparten valores como la sostenibilidad, la igualdad, la justicia social o el cuidado de la comunidad, pero no siempre saben cómo traducirlos en acción. Ahí está el reto: pasar del “esto es importante” al “yo también puedo hacer algo desde mi realidad, mi tiempo y mi entorno”. Desde mi “metro cuadrado”, es importante identificar cual es mi margen de actuación y aprovecharlo.
Desde BizkaiaGara creemos que la ciudadanía no es solo destinataria de políticas o campañas. Es también protagonista de la transformación social, se ha demostrado en muchas ocasiones a lo largo de la historia y a día de hoy también está pasando. Por eso, nuestro trabajo consiste en acercar los grandes retos a oportunidades reales de participación: en un barrio, en una entidad, en un proyecto cultural, en una acción medioambiental, en una experiencia de voluntariado o en una alianza entre agentes.
También conocerlos y darles visibilidad, hay muchas iniciativas que ocurren en nuestros barrios, pueblos y ciudades, que pasan a diario y son de gran valor social para construir un mundo que ahora está marcado por la Agenda 2030, pero que ha existido y existe, aunque no se vea.
La Agenda 2030 necesita instituciones, recursos y planificación, pero también necesita ciudadanía activa. Sin esa implicación cotidiana, los ODS corren el riesgo de quedarse en discurso. Con ciudadanía activa, se convierten en comunidad, vínculos y acción compartida.
¿Podéis compartir una experiencia concreta de BizkaiaGara que muestre cómo se activa a personas, entidades o instituciones alrededor de un reto social?
Una experiencia que refleja bien nuestra forma de trabajar es BizkaiaGara Eguna, que en 2025 se centró en la cohesión social y la soledad no deseada a través de la participación cultural. El reto de partida era claro: cómo acercar la cultura a personas que, por distintas circunstancias, pueden estar más alejadas de la vida comunitaria, y cómo utilizar una experiencia cultural como puerta de entrada al vínculo, al encuentro y a la participación.
Para ello, no trabajamos solo desde la organización de una actividad. Activamos una red de agentes: instituciones públicas, municipios, entidades sociales, agentes culturales y personas voluntarias. Se generaron entradas culturales, se contactó con municipios, se implicó a entidades que acompañan a personas en situación de vulnerabilidad, se hizo llamamiento a nuestro ecosistema de personas voluntarias y se diseñó una experiencia que no era únicamente “ir a un evento”, sino sentirse parte de un espacio compartido y acompañado.
Lo interesante de esta experiencia es que conecta un reto social —la soledad, la desvinculación, la falta de acceso a espacios comunitarios— con una respuesta concreta, cercana y humana. Y muestra que la cultura puede ser una vía de participación, de reconocimiento y de construcción comunitaria. Así como el deporte, el cuidado del medio ambiente, causas sociales y de derechos humanos, movimientos sociales, fiestas de los pueblos, afectados por enfermedades, euskera…
Para BizkaiaGara, esta es una buena práctica porque combina tres elementos: un reto social relevante, una alianza entre agentes y una experiencia concreta que permite a las personas participar desde algo cercano y significativo.
¿Qué papel tienen las entidades sociales en vuestro modelo? ¿Son destinatarias, aliadas, protagonistas o todo a la vez?
Son todo a la vez, pero sobre todo son protagonistas del ecosistema. Las entidades sociales tienen un conocimiento muy profundo de la realidad, de las necesidades del territorio y de las personas. Están cerca de los barrios, de los colectivos, de las situaciones de vulnerabilidad, de las oportunidades comunitarias y de los pequeños cambios que muchas veces no aparecen en los grandes indicadores.
Desde BizkaiaGara no entendemos a las entidades como meras receptoras de servicios. Las acompañamos, sí; les ofrecemos orientación, formación, recursos, visibilidad y conexión con personas voluntarias. Pero también aprendemos de ellas, construimos proyectos con ellas y tratamos de reforzar su capacidad de incidencia y de colaboración. En nuestro modelo, una entidad puede ser destinataria de asesoramiento, aliada en una iniciativa, impulsora de un proyecto, nodo de conexión con la ciudadanía y referente de conocimiento social. Por eso hablamos de ecosistema: porque el valor no está solo en cada agente por separado, sino en lo que ocurre cuando se conectan capacidades distintas. El papel de BizkaiaGara es facilitar esas conexiones, cuidar los procesos y ayudar a que las entidades tengan más capacidad para activar ciudadanía, generar alianzas y contribuir a los retos del territorio.
¿Qué habéis aprendido sobre cómo acercar la participación social a las personas jóvenes?
Hemos aprendido que no podemos acercarnos a las personas jóvenes solo desde el mensaje de “tenéis que participar”. Ellas ya están participando, mucho y muy bien. Se mueven, se comprometen, solo que como sociedad no les sabemos escuchar. Desde BizkaiaGara nos hemos acercado a ellas y ellos de otra manera, acompañándoles, escuchándoles, dando recursos y facilitando desde nuestro marco, aquello que han identificado como importante y reto social para ellas y ellos.
Hay que ofrecer experiencias que conecten con sus inquietudes, sus lenguajes, sus tiempos y sus formas de estar en el mundo. Las personas jóvenes sí tienen sensibilidad social, preocupación por el futuro, conciencia ambiental, interés por la igualdad, por la diversidad, por la salud mental, por la cultura o por la justicia social. Pero muchas veces no identifican los canales clásicos de participación como espacios propios. Y cuando lo intentan, no se les tiene en cuenta, no se les valora.
Por eso es importante abrir puertas de entrada diferentes: el deporte, la cultura, el medioambiente, la universidad, el ocio, la creación audiovisual, los retos de barrio, las experiencias breves, los proyectos cocreados o las acciones con impacto visible. También hemos aprendido que la juventud no debe ser tratada solo como destinataria. Hay que reconocerla como agente. Las personas jóvenes pueden opinar, diseñar, liderar, comunicar, movilizar y transformar. Pero para eso necesitan espacios donde se les escuche de verdad, donde su aportación tenga consecuencias y donde la participación no sea una simulación. Si estos procesos resultan engañosos, se van y en participación si esto ocurre, luego es muy difícil remontar, no solo con las personas jóvenes, con las personas en general. La clave está en pasar de “hacer actividades para jóvenes” a “crear procesos con jóvenes”.
¿Cómo cuidáis que la participación sea inclusiva y no solo llegue a quienes ya están previamente movilizados?
Este es uno de los mayores retos. Muchas veces, cuando abrimos procesos de participación, terminan llegando las personas y entidades que ya están sensibilizadas, que ya conocen los canales o que ya tienen experiencia participativa. Para evitarlo, hay que diseñar la participación pensando en las barreras desde el inicio. Barreras de tiempo, de idioma, de accesibilidad, de confianza, de información, de disponibilidad emocional, de brecha digital o incluso de percepción: hay personas que no participan porque sienten que esos espacios “no son para ellas”.
Desde BizkaiaGara intentamos trabajar con distintos niveles de implicación. No todo el mundo puede o quiere liderar un proyecto. Algunas personas empiezan informándose, otras participando en una acción puntual, otras colaborando de forma más estable y otras cocreando o liderando iniciativas. Todas esas formas tienen valor. En participación es importante ir a los espacios dónde están las personas, no que las personas vengan a nuestros espacios y esto claramente es una apuesta de BizkaiaGara, estar presente allá donde veamos que podemos escuchar a personas diversas. No es sólo ir, es también llevar, llevamos nuestras herramientas, nuestras conexiones, nuestros rotuladores, cartulinas, música y conocimientos sobre desarrollo comunitario y participación.
También cuidamos mucho la mediación con entidades y agentes cercanos a las personas.
Para llegar a ciudadanía no movilizada, no basta con publicar una convocatoria. Hay que apoyarse en relaciones de confianza, en espacios cotidianos y en propuestas sencillas, claras y significativas. Una participación inclusiva no es solo abrir la puerta. Es asegurarse de que más personas puedan reconocer esa puerta, atravesarla y sentirse legítimas y cuidadas dentro.
¿Qué barreras encontráis hoy para que la ciudadanía participe: falta de tiempo, desconfianza, desconocimiento, burocracia, saturación comunicativa, desafección…?
Encontramos varias barreras que se combinan entre sí. La primera es la falta de tiempo. Muchas personas tienen vidas muy exigentes, con responsabilidades laborales, familiares o de cuidados. Por eso, si queremos activar ciudadanía, necesitamos propuestas más flexibles, más accesibles y mejor adaptadas a diferentes disponibilidades. La segunda es el desconocimiento. Hay personas que quieren aportar, pero no saben dónde, cómo, con quién o para qué. A veces la oferta existe, pero no llega de forma clara. La tercera es la desconfianza o la distancia respecto a las instituciones y a los formatos tradicionales de participación. Algunas personas sienten que participar no sirve, que sus aportaciones no se tienen en cuenta o que los espacios ya están ocupados por quienes siempre participan. También está la saturación comunicativa. Vivimos rodeadas de mensajes, campañas y convocatorias. Para que una propuesta conecte, tiene que ser clara, concreta y emocionalmente significativa.
Y, por último, está la burocracia. A veces los procedimientos para participar, colaborar o hacer voluntariado son demasiado complejos. Es necesario cuidar la seguridad y la calidad, pero también facilitar itinerarios más amables. Ante todo esto, nuestra respuesta es acompañar mejor: traducir oportunidades, reducir barreras, ofrecer propuestas concretas y generar confianza. La ciudadanía no siempre está desinteresada; muchas veces está desconectada de los canales que le ofrecemos.
¿Qué oportunidades brinda el Año Internacional del Voluntariado para el Desarrollo Sostenible 2026?
Es una oportunidad muy importante para reconocer, visibilizar y actualizar el papel del voluntariado. El voluntariado es una de las expresiones más claras de ciudadanía activa. Hace visible que la transformación social no depende solo de grandes decisiones institucionales, sino también de miles de compromisos cotidianos: personas que acompañan, que cuidan, que enseñan, que protegen el entorno, que generan comunidad, que sostienen entidades y que abren posibilidades para otras personas.
Pero 2026 no debería ser solo un año de celebración. Debería ser también un año para preguntarnos qué voluntariado necesitamos hoy: más inclusivo, más diverso, más flexible, más conectado con los retos actuales y más reconocido como una forma de participación democrática. También puede ser una oportunidad para reforzar alianzas entre instituciones, entidades, empresas, universidades y ciudadanía.
El voluntariado puede ayudar a aterrizar los ODS porque convierte valores globales en acciones concretas. Desde BizkaiaGara vemos 2026 como un momento para asentar y ampliar el relato: el voluntariado no es solo ayuda. Es participación, corresponsabilidad, aprendizaje, vínculo comunitario y contribución al desarrollo sostenible.
¿Qué condiciones hacen que una colaboración entre agentes se convierta en una alianza real?
Una colaboración se convierte en alianza real cuando deja de ser una suma puntual de intereses y empieza a construirse desde una visión compartida. Para nosotras hay varias condiciones clave. La primera es tener un propósito común claro: saber qué reto queremos abordar y por qué necesitamos hacerlo juntas. Que valor aportamos en esa colaboración/alianza cada una y sentirnos bien en ello. La segunda es reconocer el valor diferencial de cada agente. Una institución puede aportar legitimidad, recursos o capacidad de escala; una entidad social aporta conocimiento de la realidad y vínculo con las personas; una empresa puede aportar capacidades, talento o recursos; una universidad puede aportar conocimiento; la ciudadanía aporta experiencia, energía y sentido comunitario. La tercera condición es la confianza. Y la confianza no aparece solo firmando un convenio. Se construye con tiempo, transparencia, escucha y cumplimiento de compromisos.
También hace falta una buena gobernanza: roles claros, expectativas realistas, espacios de seguimiento y capacidad para tomar decisiones compartidas. Y, por último, una alianza real necesita continuidad. No todas las colaboraciones tienen que durar años, pero sí dejar algo construido: aprendizaje, relaciones, metodología, capacidades o nuevas oportunidades.
¿Cómo medís el valor generado más allá del número de participantes?
Los números son importantes, pero no cuentan toda la historia. Saber cuántas personas han participado, cuántas entidades se han implicado o cuántas actividades se han realizado nos da una parte de la información. Pero el verdadero valor de la activación ciudadana muchas veces está en los cambios que se producen después, en los vínculos formados y en la materialización de lo realizado. Esto es inspirador y refuerza la idea de juntas es posible. Por eso miramos también otras dimensiones.
Por ejemplo: si se han generado nuevos vínculos entre personas o entidades; si una persona ha pasado de informarse a implicarse; si una entidad ha fortalecido su capacidad de acción; si ha surgido una alianza nueva; si una experiencia ha cambiado la percepción sobre un reto social; o si se ha abierto una oportunidad de continuidad.
También nos interesan los relatos de cambio. A veces una historia concreta muestra mejor que un dato lo que una experiencia ha significado: una persona que se siente útil, una entidad que llega a nuevos públicos, un grupo de jóvenes que se reconoce con capacidad de liderar, o una alianza que antes no existía y empieza a generar proyectos.
Medir el valor generado implica combinar indicadores cuantitativos, evidencias cualitativas, lectura estratégica y empatía documentada. No se trata solo de contar participación, sino de entender qué contribución ha generado esa participación.
¿Qué idea transferible puede llevarse otra entidad o institución de vuestra experiencia?
La idea más transferible es que la participación ciudadana no se improvisa: se diseña, se cuida, se acompaña, se experimenta y se vive. Muchas veces queremos que la ciudadanía participe más, pero no revisamos suficientemente las condiciones que estamos generando para que eso ocurra. ¿La propuesta es clara? ¿Es accesible? ¿Conecta con una preocupación o interés real? ¿Permite distintos niveles de implicación? ¿Reconoce la aportación de las personas? ¿Ofrece continuidad? ¿Está conectada con agentes del territorio? ¿Conecta con lo humano, con las personas? ¿Respondemos a la diversidad de nuestro territorio? ¿Para qué quiero esa participación?
Desde BizkaiaGara hemos aprendido que activar ciudadanía requiere de pensar mucho en los previos, antes de la acción, de cuidar las relaciones para que la acción participativa suceda de la manera más orgánica y diversa posible, porque activar a la ciudadanía es activar a las personas de una o varias comunidades, que forman el territorio, con sus códigos y vida, a veces desconectadas entre ellas. Activar la ciudadanía es construir puentes: entre grandes retos y acciones cercanas; entre instituciones y entidades; entre personas que quieren aportar y oportunidades concretas; entre conocimiento técnico y experiencia cotidiana.
Otra entidad o institución podría llevarse esta idea: antes de pedir participación, hay que crear condiciones para que participar tenga sentido. Y eso implica trabajar en red, escuchar mejor, simplificar los accesos, cuidar el acompañamiento y entender que cada persona puede encontrar una forma distinta de contribuir a su comunidad.
Si quieres acudir al curso de verano de la EHU Ciudadanía en Acción: nuevas narrativas y Caminos para un Futuro Sostenible, que tendrá lugar el próximo 29 de junio, inscríbete aquí.